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Fray Giácomo
Búlgaro
Fraile Franciscano Conventual
1879-1967
El 'pobrecillo' de Brescia
Fray Giácomo (Santiago) Búlgaro
nació el 29 de enero de 1879 en Corticelle
Pieve, aldea de la llanura bresciana, en
el norte de Italia. Su padre trabajaba unos
campos que alquilaba, consiguiendo así
mantener dignamente a sus cinco hijos. La
pobreza de aquella casa era compensada por
el amor y la fe que reinaban en la familia.
En cuanto logró aprender a contestar
la Santa Misa, el pequeño Giácomo
se incorporó al grupo de monaguillos;
cada mañana, a las 5.30, acompañaba
al párroco en la celebración.
Frecuentó con éxito la escuela
primaria, que en aquel pequeño centro
agrícola tenía sólo
los primeros tres años. Y, como en
la escuela había demostrado inteligencia
y voluntad, sus padres decidieron mandarlo
al maestro del pueblo para que le diera
clases privadas, que pagaban con zapallos
y huevos.
Giácomo crecía bien, respirando
una atmósfera familiar que le trasmitía
serenidad, laboriosidad, sobriedad y una
gran confianza en la presencia del Señor.
Cuando tenía once años, su
familia tuvo que abandonar Corticelle y
trasladarse a la ciudad de Brescia. Allí
había trabajo en la industria, que
comenzaba a desarrollarse gracias a las
nuevas instalaciones siderúrgicas.
En la ciudad
La familia Búlgaro se estaba acostumbrando
a la realidad de la ciudad, cuando repentinamente
murió el padre, dejando a la pobre
madre, Úrsula, la pesada herencia
de cinco adolescentes. Los muchachos se
pusieron a trabajar, y Giácomo entró
en un taller de zapatero. Asistía
diariamente a la Santa Misa en la iglesia
de San Juan, y participaba activamente en
la vida de la parroquia. Su fe y su práctica
religiosa eran fervientes y seguras.
En 1898 murió también, por
una enfermedad, su madre. Poco después
Juan, su hermano menor, fue internado en
un orfelinato. Las dos hermanas mayores
se casaron y en casa quedaron solamente
Giácomo, que tenía 19 años,
y María, con 16. Cambió de
taller y se fue a trabajar con un zapatero
coetáneo suyo. Una gran soledad invadió
en ese momento su existencia.
El lobo
En su diario espiritual, Giácomo
relata que su nuevo patrón era un
"lobo camuflado de cordero". Tenía
20 años, y vivía rodeado de
jóvenes que pasaban su tiempo en
conversaciones obscenas. Giácomo
intentó resistirse a aquel acoso
diario, pero al final él también
quedó atrapado. Cayó en la
impureza y progresivamente en otras faltas
que lo alejaron cada vez más de los
ideales de su adolescencia. Comenzó
a abandonar los sacramentos, la oración
y también la Misa dominical. Los
domingos, los amigos lo llevaban de taberna
en taberna para beber y encontrarse con
mujeres de mala fama. Se volvió desganado,
perezoso en el trabajo, disconforme consigo
mismo y con los demás. Por disfrutar
de esa manera de su tiempo libre, descuidaba
a su hermana María y a su hermanito
Juan.
A los 25 años, experimentó
una profunda nostalgia de su adolescencia
cristiana. Trató en varias oportunidades
de acercarse al Señor, pero sus malas
costumbres se lo impedían. Resolvió
entonces casarse. Encontró a una
excelente muchacha, pero debieron dejarse
por incompatibilidad de caracteres. Intentó
en vano con una segunda y con una tercera.
Con el pasar de los años, crecía
su insatisfacción por la vida sin
sentido que llevaba.
La conversión
En ocasión de la fiesta de la Inmaculada
del año 1913, Giácomo viajó
a Corticelle para visitar a su anciana tía
Catalina, hermana de su madre, por la que
sentía un profundo afecto. Sólo
a ella confiaba los secretos de su corazón.
El día de la fiesta, por la mañana,
entró en casa de su tía y
se puso a llorar, demostrando así
el tormento moral que lo oprimía.
Para reconfortarlo, su tía le habló
de la Virgen y lo encomendó a ella.
En el momento de la despedida, la tía
le puso la mano sobre la cabeza y, rezando,
lo bendijo. En aquel instante Giácomo
vio a la Virgen María, así
como lo relata él mismo en su diario
espiritual: "La Virgen me miraba con
afecto, pero mis pecados me atormentaban.
Lloraba con todo el corazón: ¡era
el peor pecador de todos los pecadores!
Pero, en el fondo de mi corazón,
nacía la fuerte esperanza de poder
levantar los ojos y los brazos hacia Aquella
que era Madre, a pesar de haber sido yo
un hijo ingrato. Me postré delante
de los pies maternales de María y,
cual hijo culpable, le manifesté
dolor por mis culpas. La Virgen me abrazó.
Era indigno, lo sé".
La visión continuó con la
llegada del Buen Pastor: "Vi a Jesús
que se me acercaba. Al verme, no dijo ni
una palabra, ni un lamento, ni un reproche.
Se me acercó, me levantó,
me acarició y me mojó la cara
con sus lágrimas. Lo llamaba por
su dulce nombre divino. Él me abrazó,
me cubrió con su manto, me estrechó
contra su pecho, siempre más fuerte".
Por la tarde se volvió a Brescia.
Mientras recorría a pie los 18 kilómetros
del camino, formuló el primer propósito
luego de la conversión: "Con
toda la mente, con todo mi corazón,
con todo mí mismo quiero hacer, Señor,
lo que me inspirarás". Tenía
34 años.
El hombre nuevo
A la mañana siguiente, antes de abrir
el taller, pasó tres horas en la
iglesia. Desde entonces, todos los días
participaba en la Misa de las 5.30 y luego
se quedaba allí, profundamente recogido,
hasta las 8. Se imponía grandes penitencias
reparadoras; comenzó a asistir a
la catequesis parroquial para adultos y
a practicar las obras de misericordia. El
barrio notó en seguida el cambio
de vida del zapatero y los pobres recurrieron
a sus servicios, que les brindaba en forma
gratuita. Durante la Primera Guerra Mundial
fue enrolado y, a causa de su constitución
física, fue destinado al servicio
de la Cruz Roja italiana, en calidad de
ayudante en el hospital militar de Brescia.
Se dedicó a los enfermos con heroica
generosidad, sacrificando las noches para
asistir a los moribundos. Finalizada la
guerra, retomó su trabajo de zapatero
y la disponibilidad para las obras buenas
que la parroquia organizaba. Visitaba a
algunas familias desafortunadas y prestaba
servicio en la mesa de los pobres. En su
casa reunía a los muchachos del vecindario,
especialmente a los que no iban a la iglesia,
y les explicaba el catecismo con relatos
de la Biblia y de la Vida de los Santos.
En aquellos años, Giácomo
trabó amistad con algunos grandes
cristianos brescianos: el Siervo de Dios
Padre Juan Bautista Zuaboni, con el cual
tenía familiaridad cotidiana; el
Siervo de Dios Juan Bautista Montini, que
fue después Papa Pablo VI, y muy
particularmente con Jorge Montini, el padre
del futuro Papa. El fervor religioso de
estas personas confirmó a Giácomo
en su propósito de santificarse.
Con el sayal franciscano
El 28 de octubre de 1928 Brescia festejó
el retorno de los franciscanos conventuales
a su antiguo convento de San Francisco,
del que habían sido alejados en el
año 1797 por la supresión
napoleónica. La tarde de aquel domingo,
el confesor de Giácomo, Mons. Angel
Nazzari, lo presentó de esta forma
al Ministro General de los franciscanos:
"Reverendísimo Padre, éste
es uno que quiere hacerse fraile. Yo pongo
la firma y asumo toda la responsabilidad
por él". El postulante tenía
entonces 50 años e igualmente fue
aceptado.
Giácomo entró en el convento.
Se mostraba disponible para todos los servicios
que se requerían en la iglesia, en
el comedor, en la recepción del convento.
Pasó más de 30 años
encerrado en el cuartito oscuro de la recepción,
dispuesto siempre a atender a todos con
amabilidad, mientras continuaba su trabajo
de zapatero de los frailes, de los clérigos
y de tantos pobres que pedían una
ayuda. En la celda de la recepción,
recogido en oración incesante, escribió,
por orden de su confesor, gran parte de
su diario espiritual.
Tuvo por Maestro de noviciado al padre Dionisio
Vicente, un santo religioso martirizado
durante la guerra civil española
y proclamado beato en mayo de 2001.
En el convento, Fray Giácomo se distinguió
en seguida por la calidad de sus virtudes.
Su oración era intensa e incesante;
la obediencia y la dependencia del superior
eran el criterio de cada una de sus acciones;
trataba a todos con fraternidad y benevolencia,
contento de servir sin aparentar.
Consideraba sus "Dueños"
a los pobres que cada día llenaban
la recepción a la hora de repartir
el pan y la sopa. Les dispensaba todo género
de atenciones y los trataba con reverencia,
exhortándolos a la oración.
Su espiritualidad
La espiritualidad de Fray Giácomo,
testimoniada en su vida y a través
de sus escritos, fue radicalmente franciscana.
Desde el día de su conversión,
grabó en su corazón el rostro
del Buen Pastor que por amor a sus ovejas
sacrificó su propia vida. El amor
a Jesús, que sufre y es crucificado,
se volvió el primer deber de Fray
Giácomo: un amor que realizó
cumpliendo a la perfección sus deberes,
con serenidad y abnegación.
Para mejor imitar a Jesús y a María,
eligió para sí el anonadamiento
y la humildad de la vida de Nazaret, proponiéndose
santificar las comunes ocupaciones de la
jornada. Tuvo el don de la oración
contemplativa, alimentada por el diálogo
incesante con el cielo y por un profundo
recogimiento.
Vivió en una escrupulosa pobreza,
despegado de cualquier pequeña comodidad.
Con el permiso de su superior, se privaba
de una parte de su comida para darla a otro
más pobre que él. Pese a ser
reservado de carácter, era con todos
sonriente y benévolo, dispuesto siempre
a dar ánimo y a sonreír fraternalmente.
En los primeros años posteriores
a su conversión, el Señor
le había indicado la obediencia como
la 'vía más breve' para encontrar
el camino de la santidad. A ella Fray Giácomo
se plegó totalmente, imponiéndose
una total dependencia del confesor y del
superior del convento.
La Virgen tiene un gran rol en la historia
de su vida. Lo inició en la conversión
y después lo siguió día
a día, inspirándole propósitos
e incitándolo a la fidelidad evangélica.
Fray Giácomo tuvo para con Ella un
afecto especial y quiso imitarla en el abandono
a la voluntad de Dios, en la caridad hacia
el prójimo y en la humildad del Magnificat.
La muerte
Pasó sus últimos años
de vida relegado en su celda, imposibilitado
de caminar y sumergido en las limitaciones
propias de una persona de casi 90 años.
Falleció en la tarde del 27 de enero
de 1967 y fue sepultado en el cementerio
de la ciudad.
El 17 de noviembre de 1989 se empezó
en Brescia el proceso diocesano para la
recopilación de datos sobre su vida
y sus virtudes. Concluida la investigación
diocesana, los testimonios fueron llevados
a Roma y presentados a la Congregación
competente.
En la tarde del 28 de abril de 1994, el
cuerpo de Fray Giácomo fue sepultado
en la iglesia de San Francisco. Su tumba,
ubicada en una sencilla y antigua capilla,
es lugar de peregrinación y oración.
Día a día crece el interés
por la figura mística del 'Pobrecillo'
de Brescia que, como San Francisco, pasó
de una vida de pecado al amor ferviente
y a la configuración con el Señor.
ORACIONES DE FRAY GIÁCOMO
Si conocieras
lo dulce que es
estar junto a la Cruz,
tú mismo me pedirías
que te la diera,
para experimentar
la misma dulzura. (del Diario, 20/4/1950)
Padre Divino,
heme aquí todo tuyo.
Haz de mí lo que quieras,
según las intenciones de Jesús.
Que se cumpla en mí
lo que Tú has establecido desde siempre,
y se cumpla al pie de la letra
tu santísima voluntad. Así
sea. (del Diario, 11/11/1953)
¡Cómo sería feliz
si pudiera decirle a mi Dios
estas pocas palabras:
“¡Señor, cuánto
te quiero!”
El Señor me contestaría:
“Hijo, te amo mucho más de
lo que tú me quieres.
Porque tú eres criatura mía,
eres casi dueño de tu Dios,
que te quiere más de lo que un padre
pueda amar a su hijito”. (del Diario,
5/12/1953)
OREMOS
Oh Dios, tu servidor Fray Giácomo
te ha adorado e invocado con corazón
puro y sencillo, sin cansarse. Por su intercesión,
haz que busquemos siempre tu rostro y escuchemos
con docilidad tu Palabra. Gloria al Padre…
Oh Dios, tu servidor Fray Giácomo
te sirvió en humildad y trabajo.
Por su intercesión, haz que nuestro
trabajo sea un diario ofrecimiento y alabanza
a ti. Gloria al Padre…
Oh Dios, tu servidor Fray Giácomo
reconoció el rostro de tu Hijo Jesús
en los pobres, y los sirvió con amor.
Por su intercesión, haz que tengamos
ojos atentos y corazón abierto hacia
los que sufren.
Gloria al Padre…
Oh Dios, tu servidor Fray Giácomo
tuvo una filial devoción y cariño
para con la Madre de tu Hijo. Concédenos
vivir como él y, por su intercesión,
la Virgen María derrame sobre nosotros
los tesoros de su maternidad. Salve, Reina
y Madre de misericordia…
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Fraile Giacomo

La casa de Brescia

La casa de Corticelle

Entrada a la tumba

La tumba

Los instrumentos de
trabajo
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